domingo, 9 de septiembre de 2012

Un café y una magdalena

Él empezó la facultad lleno de ilusiones y de sueños por cumplir. Sin embargo, nunca se imaginaría lo que aquel día iba a suceder en su interior. Las manecillas del reloj de la cafetería estaban a punto de señalar las once de la mañana y entonces el tiempo se detuvo completamente. Su estomago se encogió y empezó a notar un aumento de las pulsaciones de su corazón. Nunca le había pasado eso. Jamás había sentido esa sensación. Ella tan solo cruzó una mirada con él mientras se acercaba a la barra para pedir algo. Apenas dos segundos que nunca se le olvidarían.

Todas las mañanas sucedía algo parecido. Él estaba sentado en una silla junto a las mesas del comedor. A veces estaba acompañado de gente de la que finjía interesarse durante unos minutos sobre las palabras que salían de sus bocas. En otros momentos, se encontraba solo con un pequeño periódico que le servía para poder camuflar la vergüenza que le producía su soledad. Pero conforme se acercaban la hora su cuerpo se estremecía. Los latidos de su corazón indicaban la cercanía de los pasos de ella.

Siempre llegaba y hacía lo mismo. Se sentaba en uno de los taburetes junto a la barra y pedía un café y una magdalena. Había días que conversaba con el camarero de una manera agradable. Otros que parecía distante, como si una gran barrera separara todo lo que había a su alrededor. Nunca pudo escuchar su voz pues a esa hora había mucha gente en la cafetería que creaba un muro de sonidos que impedían que él la pudiera conocer mejor.

Los días pasaron sin que el tiempo se detuviera. La lluvia, la caída de las hojas, el frío, las primeras flores, todo cambiaba fuera de aquel lugar pero el chico permanecía inmóvil. El miedo se transformaba en unos grilletes que le ataban a su silla. Era esclavo de sus emociones y de su falta de seguridad. Siempre se lamentaba al no poder acercarse a ella. Era tan guapa que pensaba que le rechazaría, que no pasaría ni un minuto hablando con él.

Terminó el curso y durante el verano no dejó de pensar en la cantidad de oportunidades que había perdido. Por ello, se prometió que el primer día de universidad iría a hablar con ella. Empezaron las clases pero nunca volvió a encontrarla. Había desaparecido de la faz de la facultad. Un día se acercó al camarero y preguntó por ella. El camarero le miró con una sonrisa jugetona pues sabía que a él le gustaba. Ella estaba muy lejos porque había decidido irse a estudiar fuera y difícilmente podría volver allí.

Un café y una magdalena. Eso era lo único que él se atrevió a saber de ella.

Moraleja: A veces hay que atreverse a enfrentarse a las situaciones que plantea la vida, ya que como situaciones pueden acabarse antes de que uno decida actuar frente a ellas.

1 comentario:

Nerea Ángel dijo...

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